Santiago 2:1 Hermanos míos, que vuestra fe en nuestro glorioso Señor Jesucristo sea sin acepción de personas.
2:2 Porque si en vuestra congregación entra un hombre con anillo de oro y con ropa espléndida, y también entra un pobre con vestido andrajoso,
2:3 y miráis con agrado al que trae la ropa espléndida y le decís: Siéntate tú aquí en buen lugar; y decís al pobre: Estate tú allí en pie, o siéntate aquí bajo mi estrado;
2:4 ¿no hacéis distinciones entre vosotros mismos, y venís a ser jueces con malos pensamientos?
2:5 Hermanos míos amados, oíd: ¿No ha elegido Dios a los pobres de este mundo, para que sean ricos en fe y herederos del reino que ha prometido a los que le aman?
2:6 Pero vosotros habéis afrentado al pobre.
Hace algún tiempo leí una encuesta sobre prejuicios en el trabajo, la cual brindaba datos muy desalentadores: el 84% de los empleadores señaló que dudarían en contratar a alguien calificado, pero de edad avanzada; el 64% afirmó que debería permitírseles a las empresas contratar gente según su apariencia; y que la brecha salarial entre hombres y mujeres que realizan un mismo trabajo en las mismas condiciones ronda un entre un 25% a 15% a favor de los hombres. Todos estos son ejemplos claros de prejuicios inaceptables.
Prejuzgar no es nada nuevo. Ya se había infiltrado en la iglesia primitiva y Santiago trató el tema de forma directa. Con valor profético y corazón de pastor, escribió: “Hermanos míos, tengan la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo sin hacer distinción de personas” (Santiago 2:1).
Además de ello, nos brindó un ejemplo de este tipo de prejuicio: favorecer a los ricos e ignorar a los pobres (vv. 2-4).
Esta forma de proceder no era coherente con la fe en Jesús sin parcialidad (v. 1), traicionaba la gracia de Dios (vv. 5-7), violaba la ley del amor (v. 8) y era pecado (v. 9).
La respuesta ante la acepción de personas es seguir el ejemplo de Jesús: amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. No estamos diciendo que vamos a aceptar el pecado en la vida de otras personas, lo que debemos hacer cuando discrepamos es compartir respetuosamente nuestro punto de vista basado en las Escrituras, a fin de dialogar sobre las situaciones con las que no estamos de acuerdo.
Podemos derrotar el pecado de prejuzgar cuando permitimos que el amor de Dios se exprese plenamente en nuestra manera de amarnos y tratarnos unos a otros.
Los prejuicios siempre serán una excusa para no dialogar sobre las diferencias, es necesario investigar y hablar claramente antes de llegar a conclusiones.
Pero antes que nada sigamos el consejo del apóstol… Hermanos míos, tengan la fe de nuestro glorioso Señor Jesucristo sin hacer distinción de personas” (Santiago 2:1).
Hno. Gunder.
