Mateo 24:3 Y estando él sentado en el monte de los Olivos, los discípulos se le acercaron aparte, diciendo: Dinos, ¿cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?
4Respondiendo Jesús, les dijo: Mirad que nadie os engañe.
5Porque vendrán muchos en mi nombre, diciendo: Yo soy el Cristo; y a muchos engañarán.
6Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.
7Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.
8Y todo esto será principio de dolores.
Según cálculos que se han realizado, entre la Primera y Segunda Guerra Mundial el número de muertes ascendió a más de 100 millones; estos han sido los conflictos más letales de la historia humana.
Tanto el 11 de noviembre de 1918 como el 7 de mayo de 1945, fueron días históricos ya que millones de personas en el mundo entero guardaron silencio por unos instantes, mientras reflexionaban sobre el costo de esas terribles guerras que causaron mucho dolor y sufrimiento. A pesar de los numerosos conflictos militares devastadores que les han seguido, no ha disminuido la esperanza de lograr una paz duradera.
La Biblia brinda una promesa esperanzadora y realista de que, un día, las guerras finalmente se acabarán. Cuando nuestro Señor regrese en su segunda venida, la profecía de Isaías se hará realidad: “… No alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra” (Isaías 2:4). En ese momento la historia cambiará para siempre y comenzará la primera hora de paz permanente en un cielo y tierra nuevos.
Sin importar cuándo regrese el Señor por su iglesia, con lo cual continuará el desenlace de los eventos finales según el reloj profético de Dios, aquellos que seguimos a Cristo debemos ser representantes del Príncipe de Paz viviendo y haciendo la diferencia en este mundo.
Hoy también vivimos momentos complicados, llenos de situaciones difíciles, pero recordemos que nuestra esperanza no está depositada en cosas temporales como los bienes o los títulos, sino que reside en la persona y lugar adecuado, en Jesús y en una eternidad con Él.
“Y esto para que, justificados por su gracia, seamos hechos herederos conforme a la esperanza de la vida eterna” (Tito 3:7).
Hno. Gunder.