UNA CITA CON DIOS

Lucas 10:5 En cualquier casa donde entréis, primeramente, decid: Paz sea a esta casa.

10:6 Y si hubiere allí algún hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; y si no, se volverá a vosotros.

El apartamento era pequeño. Constaba de dos cuartos, un baño, un comedor y una cocina. La cuota mensual del arriendo era baja, pues estaba ubicado en una zona popular de la ciudad. Aunque pequeño y humilde, eso no impidió que se colgara el tradicional cartelito que se pone en tantas casas y que dice: «Hogar, dulce hogar». Lamentablemente, el cartel que debía habérsele colgado en este apartamento era todo lo contrario: «Hogar, amargo hogar».

Porque la familia que habitaba allí, compuesta por Herman, de cuarenta y dos años, su esposa Frances, de treinta y cuatro, y sus nueve hijos, que iban de uno a dieciséis años de edad, vivía de una manera deplorable. En ese hogar los padres maltrataban física y mentalmente a sus hijos. La policía que investigó el caso describió a la familia como «una llaga de la gran ciudad».

¡¡¡Amigos (as)!!!… A menudo se oye decir que el hogar es el cielo en la tierra, que no hay mayor felicidad que la que se puede hallar entre las cuatro paredes del nido familiar, que todas las penas de la calle se dejan cuando uno traspasa el umbral de ese lugar querido. Y todo eso es cierto, hermosamente cierto. Hay muchísimos casos de familias unidas, cariñosas y amables que, aunque pobres, saben ser felices con lo poco que tienen. En esos hogares sí que se puede aplicar el dicho: «Hogar, dulce hogar».

Pero hay otros hogares en que no cabe ese dicho, como el de nuestro ejemplo. En vez de un cielo, es un infierno. En vez de reinar la paz, reina la violencia. En vez de vivir en armonía, se vive en discordia. En lugar de recibir amor y cariño, los hijos reciben brutales palizas.

 Y lo que es peor, los padres, en lugar de respetar de un modo sano y maduro a sus hijos, los maltratan sexualmente: el padre, a sus hijas; y la madre, a sus hijos.

¿A qué le podemos atribuir la culpa de semejante atrocidad? A dos vicios mortales que entraron a aquella casa: el alcohol y la cocaína. Cuando esos dos males terribles se posesionan de un hogar, lo degradan, lo envilecen y lo descomponen.

Los hijos del matrimonio recordarán siempre, con angustia, con horror y con rabia, el hogar frío que les dieron sus padres, y llevarán el resto de la vida el estigma del abuso deshonesto y la marca de la degradación.

¿Saben Amigos?… No dejemos nunca que entren a nuestra casa ni el alcohol ni la droga, ni los introduzcamos jamás en nuestro organismo. Considerémoslos nuestros mayores enemigos. Aborrezcámoslos y combatámoslos.

Jesucristo desea ayudarnos entrando Él, más bien a nuestro corazón. Él no sólo tiene el poder para vencer esos enemigos, sino también un profundo interés en nuestro bienestar personal.

Démosle entrada a nuestra vida antes que sea demasiado tarde.

Hablemos con nuestro hacedor y pidamos, una cita con Dios

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Hno. Gunder.