VERDADEROS HIJOS DE DIOS

1° Juan 3:1 Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él.
2Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es.
3Y todo aquel que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro.
4Todo aquel que comete pecado, infringe también la ley; pues el pecado es infracción de la ley.
5Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él.
6Todo aquel que permanece en él, no peca; todo aquel que peca, no le ha visto, ni le ha conocido.

Este versículo nos invita a considerar el profundo amor que Dios tiene por nosotros al llamarnos sus hijos. Es un amor que trasciende cualquier comprensión humana, un amor que nos lleva a una relación íntima con el Creador del universo.

Ser llamado hijo de Dios no es un título vacío, es una identidad que transforma nuestras vidas. Significa que somos amados incondicionalmente, independientemente de nuestros defectos e imperfecciones. Este amor es un regalo, una gracia divina que no merecemos. Somos aceptados exactamente como somos, porque el amor de Dios es perfecto.

Sin embargo, esta relación con Dios muchas veces nos convierte en extraños para el mundo. Nuestros valores y principios pueden diferir de los de quienes no conocen a Dios. Es posible que seamos incomprendidos, ridiculizados o incluso perseguidos a causa de nuestra fe.

¡Pero no debemos temer! El amor de Dios nos fortalece y nos permite vivir según su voluntad, independientemente de las circunstancias. Debemos permanecer fieles a nuestro llamado como hijos de Dios, irradiando su amor y luz en este mundo, aunque el mundo no nos reconozca.

El apóstol Juan, en el primer versículo de su carta, nos recuerda el amor incomparable del Padre celestial por nosotros, y nuestra identidad como sus hijos. Vivamos de manera digna de este llamado, compartiendo este amor con todos los que nos rodean, para que otros también conozcan el amor transformador de Dios.

Pero también este titulo nos obliga a comportarnos como un verdadero(a) hijo(a) de Dios. Demuestra el amor de Dios a los demás, actuando con compasión, perdón y bondad, incluso cuando el mundo no comprenda o rechace tu fe.

Cultiva diariamente una profunda intimidad con Dios, recordando siempre su inmenso amor por ti y así fortalecer tu fe y confianza.

Mantén una visión eterna recordando que eres hijo(a) de Dios, priorizando los valores espirituales sobre los valores mundanos.

Hoy oraremos así:

Padre, qué bueno es sentir tu presencia y sentir tu sublime amor. Que tu amor fluya libremente en mi vida, y que yo lo comparta cada día con los demás. En el nombre de Jesús, amén.

Hno. Gunder.