1° Pedro 3:8 Finalmente, sed todos de un mismo sentir, compasivos, amándoos fraternalmente, misericordiosos, amigables;
3:9 no devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición.
3:10 Porque:
El que quiere amar la vida
Y ver días buenos,
Refrene su lengua de mal,
Y sus labios no hablen engaño;
3:11 Apártese del mal, y haga el bien;
Busque la paz, y sígala.
3:12 Porque los ojos del Señor están sobre los justos,
Y sus oídos atentos a sus oraciones;
Pero el rostro del Señor está contra aquellos que hacen el mal.
En medio del dolor causado por un ataque suicida en el que murieron 169 personas, llevado a cabo contra un edificio federal en la ciudad de Oklahoma en el año 1995, una pareja decidió que el terror no los iba a vencer, así que partieron de esa misma ciudad con una meta, recorrer todo el país buscando historias de esperanza y bondad, las cuales al final de su travesía compartirían por medio de un libro.
Durante su viaje encontraron muchísimas historias de esperanza en las vidas de personas ordinarias quienes respondían con gozo ante situaciones de adversidad, que ayudaban a otros a pesar de sus limitaciones económicas, doctores que donaban su tiempo para ayudar a los demás, maestros que sin recibir una paga ayudaban a niños con dificultades de aprendizaje, entre otras muchas historias de amor por el prójimo.
Pero me pregunto… Si esta pareja te hubiera conocido a ti o a mí, ¿habrían descubierto una historia de esperanza? Si Jesús obra en nosotros y por medio de nosotros, la respuesta debería ser un rotundo: ¡Si!
La Biblia nos apremia a mantener a Jesús en nuestros corazones y a estar preparados para responder a todo aquel que pregunte acerca de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).
Las personas buscan esperanza la cual sólo puede ser encontrada en Jesús. La pregunta es: ¿Verán a Jesús en nosotros?
Tu vida debe hablar más fuerte que tus palabras, debe ser un ejemplo de esperanza en un mundo desesperado.
“Más bien, santifiquen en su corazón a Cristo como Señor y estén siempre listos para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes, pero háganlo con mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15).
Hno. Gunder.
