Lucas 12: 16-21 También les refirió una parábola, diciendo: La heredad de un hombre rico había producido mucho.
12:17 Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo dónde guardar mis frutos?
12:18 Y dijo: Esto haré: derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis frutos y mis bienes;
12:19 y diré a mi alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe, regocíjate.
12:20 Pero Dios le dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?
12:21 Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios.
El primer deseo que tenemos los seres humanos es el del amor incondicional y la aceptación, esto es algo que todos buscamos. Pero no lo deseamos de cualquier persona; tendemos a quererlo de aquellas que más nos importan. La mayoría de nosotros buscamos obtener la aprobación de esas personas, ya sean nuestros padres, jefes, o de las gentes que queremos impresionar con el fin de pertenecer a su círculo social.
Sin embargo, ese tipo de amor y aceptación está totalmente condicionado, depende de lo que debamos o no debamos hacer. Aún más, las personas de quienes tratamos de obtener aprobación, ellos mismos tienen valores rotos. Así, podríamos pasar años, y hasta décadas, intentando obtener de alguien o de algún grupo, la aprobación, que puede ser contraria directamente a la voluntad de Dios.
Verdaderamente, solo Dios puede ofrecemos amor y aceptación, la indiferencia de la gente, nos condiciona para siempre, solo al buscar la aprobación de Dios, sabemos que vamos en la dirección correcta.
A diferencia de la gente, Dios nos ama sin importar nuestro desempeño, aun cuando cometemos errores, él está de nuestro lado, alentándonos con su apoyo.
Si el Dios del universo nos ama y aplaude, ¿por qué nos debe importar lo que los demás piensen de nosotros? La Palabra de Dios dice: «Si Dios está de nuestra parte, ¿quién puede estar en contra nuestra? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no habrá de darnos generosamente, junto con él, todas las cosas?… ¿Quién acusará a los que Dios ha escogido?… Dios es el que justifica. ¿Quién condenará?, Cristo Jesús es el que murió, e incluso resucitó, y está a la derecha de Dios e intercede por nosotros. ¿Quién nos apartará del amor de Cristo?
¿Tribulación, o angustia, la persecución, el hambre, la indigencia, el peligro, o la violencia?, sin embargo, en todo esto somos más que vencedores por medio de aquél que nos amó.
Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los demonios, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto ni lo profundo, ni cosa alguna en toda la creación, podrá apartamos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor». (ROM. 8:31-39).
El segundo deseo profundo que cada persona tiene, es la seguridad. Y para encontrar la seguridad que queremos, tratamos de conseguir aquello que creemos suplirá nuestras futuras necesidades. Pero, ¿cómo sabemos para qué prepararnos? Puedo pasar la vida sintiéndome seguro, acumulando riquezas, solamente para tenerlo todo destruido en una mala inversión, un incendio, o una enfermedad. Solo Dios conoce el futuro, y solo él, puede ofrecemos seguridad genuina, si tengo mi seguridad en Jesús, no tengo absolutamente nada que temer… Él conoce mi futuro y estará conmigo en todas las circunstancias.
Hno. Gunder.
