Lucas 1:39 En aquellos días, levantándose María, fue de prisa a la montaña, a una ciudad de Judá;
1:40 y entró en casa de Zacarías, y saludó a Elisabet.
1:41 Y aconteció que cuando oyó Elisabet la salutación de María, la criatura saltó en su vientre; y Elisabet fue llena del Espíritu Santo,
1:42 y exclamó a gran voz, y dijo: Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre.
1:43 ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?
1:44 Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre.
Sin duda, nadie hubiera estado preparado para estos acontecimientos, y María no fue la excepción. Cuando el ángel Gabriel le dijo: “¡Te saludo, muy favorecida! El Señor está contigo” (Lucas 1:28), es probable que le parecieran palabras muy buenas, pero seguramente María se preguntó ¿a qué se refiere? Y muy pronto obtuvo la respuesta.
El ángel continuó: “… ¡No temas, María, ¡porque has hallado gracia ante Dios! H aquí concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús” (Lucas 1:30-31). Por supuesto, la reacción de María fue muy normal: “¿Cómo será esto? Porque yo no conozco varón” (Lucas 1:34).
María tuvo que asimilar muchos acontecimientos en segundos y lo que nos muestra el corazón de humildad y obediencia de María para con Dios, son las siguientes palabras: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38), y luego continúa reconociendo la santidad de Dios (v.49), Su misericordia (v.50), Su fortaleza (v.51,52), Su cuidado (v.53) y Su bondad para con Su pueblo (v.54-55).
Aprendamos de María a confiar en Dios a pesar de nuestras dudas y temores alabándolo por Su grandeza. Los caminos de Dios, aunque en ocasiones difíciles de entender, merecen nuestra obediencia y alabanza.
“Por tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, vístanse de profunda compasión, de benignidad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia;” (Colosenses 3:12).
Hno. Gunder.
