Números 20:1 Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada.
2Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón.
3Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Jehová!
4¿Por qué hiciste venir la congregación de Jehová a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias?
5¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber.
Estaba cansado de que lo culparan de todo lo que salía mal, su tolerancia a la frustración había llegado al tope; a pesar de su necedad los había acompañado a superar prueba tras prueba, e incluso intercedía ante Dios por ellos; sin embargo, lo único que recibía a cambio eran más problemas, y es por ello que dijo estas palabras a su pueblo: “¡Escuchen, rebeldes! ¿Sacaremos para ustedes agua de esta roca?” (Núm. 20:10).
¿Saben? … Quizás estas palabras puedan sonar un tanto extrañas e incluso ridículas, pero no lo eran. Cuarenta años antes de eso, la generación que los había precedido se había quejado por lo mismo: no tenían agua. Debido a ello, Dios le había dicho a Moisés que golpeara una piedra con su vara (Éxodo 17:6), y luego de hacerlo, el agua brotó en grandes cantidades y saciaron su sed.
Pero ahora la queja había reaparecido, y Moisés estaba recurriendo a lo que anteriormente había funcionado, pero de la manera incorrecta, no lo estaba haciendo a la manera de Dios sino a su manera.
Dios le había dicho: “Toma la vara, y tú y Aarón tu hermano reúnan a la congregación y hablen a la roca ante los ojos de ellos” (Núm 20:8). Les dio la instrucción de hablarle a la roca no de golpearla, y ya saben el resto de la historia, Moisés golpeó la roca, no una sino dos veces (Núm. 20:11).
¡Amigos(as)! … En ocasiones, la frustración o el agotamiento no son los mejores consejeros, y esto hace que cometamos errores infantiles al no prestar atención a lo que Dios trata de decirnos. La obediencia es fundamental en nuestra relación con Dios. Debemos tener claro que no siempre las cosas se resuelven de la misma manera, a veces Dios nos puede indicar que actuemos, otras que hablemos, dependiendo de la circunstancia que callemos o que esperemos, pero Él siempre tendrá la razón y debemos hacerle caso sin resistencia ni reproches.
Escuchemos muy bien antes de actuar.
Seamos obedientes, sigamos el ejemplo que encontramos en Santiago 1:19: “Sepan, mis amados hermanos: Todo hombre sea pronto para oír, lento para hablar y lento para la ira”.
Espero tus comentarios.
Hno. Gunder.