Juan 3:1 1Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.
2Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él.
3Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.
4Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer?
5Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.
Es tan profundo el amor de Dios por nosotros que en verdad cuesta entender por qué nos ama a pesar de todo. Su amor atraviesa la más profunda oscuridad, hace que la noche se convierta en día y el desierto del desaliento en esperanza, pero sin duda no hay razones que nos indiquen que en nosotros haya algo que merezca tan siquiera una minúscula parte de ese amor.
La Biblia nos dice que desde antes de que Dios creara este mundo decidió evidenciar su amor a través del máximo sacrificio de morir en la cruz por nosotros, el justo por los injustos, así lo manifiesta Apoc.13:8 “…Cordero, quien fue inmolado desde la fundación del mundo” y 1°Pedro 1:20 dice: “Él, a la verdad, fue destinado desde antes de la fundación del mundo, pero ha sido manifestado en los últimos tiempos por causa de ustedes”.
Tratemos de imaginar el momento sublime de la creación cuando el Señor levantó las montañas, cortó los valles, hizo el sendero de los ríos, extendió lagos, creó el agua que llenó los mares y a todo tipo de criaturas, por último, creó al ser humano, hizo todo maravilloso y extraordinariamente perfecto.
Ahora, también pensemos que hizo todo esto aun sabiendo que algún día aquellas obras creadas a su imagen y semejanza rechazarían el mejor de los regalos, a su Hijo Jesús. Con un movimiento de su mano pudo haber destruido todo aquel mundo recién creado y con esto no sacrificarse a sí mismo, sin embargo, no lo hizo.
¿Pero cuál es la razón? La única respuesta es ¡debido a su amor! tal y como lo aprendemos en Juan 3:16 que dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna”.
Puntos para la reflexión:
¡Cuán grande es su amor por nosotros! ¿Qué harás? ¿Responderás a su amor? ¿Lo aceptarás o lo despreciarás? ¿Aceptarás que no eres digno, sino un pecador que por más cosas buenas que haga nunca podrá pagar el precio por su vida? ¿Reconocerás que sólo en Jesús hay salvación?
La vida eterna sólo es posible debido al amor de Dios. ¡Acepta su llamado y síguele!
Versículo para memorizar:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda más tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Hno. Gunder
