
Mateo 5:14 Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada
sobre un monte no se puede esconder.
15 Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre
el candelero, y alumbra a todos los que están en casa.
16 Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean
vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que están los
cielos.
Al leer este pasaje me di cuenta de algo obvio. No lo estoy leyendo
de la misma manera que lo escucharon los primeros cristianos.
Vivimos en un mundo con una gran variedad de contaminaciones:
química, acústica, biológica, pero también de luz —contaminación
lumínica—.
Al salir de casa, si vives en una ciudad, lo más probable es que
haya farolas en la calle que den visibilidad al camino. Al viajar en
avión por la noche, podemos ver dónde están Roma, Nápoles,
Milán y otras ciudades de Italia, incluso el contorno de la “bota”
italiana. Pero para el mundo antiguo, no era así.
La luz era un recurso finito, que dependía de materiales concretos,
normalmente, madera y aceite —que permitían prolongar la
duración del fuego—. Y la luz del fuego se utilizaba cuando se
necesitaba; no se dejaba necesariamente toda la noche encendida
para situaciones de “por si acaso”.
Caminar dentro de la oscuridad era algo normal, porque no tenían
luz para encender al despertarse, y dependían más de la luz
natural.
Viajar por la noche era más arriesgado: los caminos largos
requerían luz, la antorcha necesitaba madera y aceite, y aun así
había la posibilidad de desviarse y salir del camino.
Así que, en un mundo lleno de oscuridad nocturna, la imagen de
una ciudad puesta en un monte significaba mucho más para los
oyentes originales que para los lectores contemporáneos.
Claramente, una ciudad ya implica más luz concentrada. Una
ciudad situada en un monte garantizaba aún más su visibilidad.
Una ciudad situada sobre un monte significaba que desde muchos
kilómetros se la podía ver.
Cuando Jesús nos llama a ser una ciudad sobre un monte, Jesús
nos llama a ser visiblemente sus discípulos. Dentro de la densa
oscuridad espiritual que nos rodea, conflictos familiares o
políticos, depresión y miedo a nivel personal y social, Jesús nos
pide un cambio de vida. Que podamos ser notados por nuestro
comportamiento como algo diferente, llenos de Amor divino,
sacrificial, de Esperanza enraizada en la fidelidad de Dios y de Paz
integral, profunda.
Pero la luz que nos pide nuestro Señor que seamos no tiene como
fin un objetivo egoísta ni utilitarista. Somos luz no por poner
énfasis en nuestra propia gloria, ni para mejorar la situación
emocional de las personas, sino para que apuntemos al Reino del
Cielo, el Reino donde el carácter de Dios y sus atributos son el
centro.
Así que, sé luz. Una luz que claramente apunte a un Dios perfecto.
Ahora, si te preguntas ¿Cómo puedo ser “una ciudad situada sobre
un monte” dentro de mi contexto?
— entre mis amigos, sean ellos creyentes o no,
— en mi trabajo,
— con mis vecinos,
— con mi familia.
Pastor Gunder.